Vía Crucis (Roma) - Meditaciones
La Vía Dolorosa se despliega por las callejuelas de la Ciudad Vieja de Jerusalén y nos hace recorrer el camino de Jesús desde el lugar de su condena hasta el de su crucifixión y sepultura, que es también el lugar de su resurrección.
No es un recorrido en medio de gente devota y silenciosa. Como en tiempos de Jesús, nos encontramos caminando en un ambiente caótico, alborotado y bullicioso, entre personas que comparten la fe en Él, pero también entre otros que se burlan e insultan. Así es la vida de todos los días.
El Vía Crucis no es el camino del que vive en un mundo asépticamente devoto y de recogimiento abstracto, sino el ejercicio del que sabe que la fe, la esperanza y la caridad deben encarnarse en el mundo real, donde el creyente es continuamente desafiado y constantemente debe hacer suyo el modo de proceder de Jesús.
San Francisco de Asís, de quien este año se celebra el octavo centenario de su muerte, describe nuestra vida cristiana con palabras del apóstol Pedro; recordándonos que «nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a quien lo traicionaba y se ofreció espontáneamente a quienes lo crucificaron» (Regla no bulada XXII, 2: FF 56; cf. 1 P 2,21). El Poverello nos exhorta a fijar la mirada en Jesús: «Reparemos todos los hermanos en el buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz» (Admoniciones VI: FF 155).
Al recorrer este Vía Crucis, acojamos la invitación de san Francisco a realizar un camino tras las huellas de Jesús que no sea meramente ritual o intelectual, sino que comprometa toda nuestra persona y toda nuestra vida: «Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos» (Oficio de la Pasión del Señor XV,13: FF 303).